Juan el emprendedor estaba asombrado. Su compadre Beto el constructor, que tenía una obra en una colonia de perfil medio alto, le mostró cómo la vista desde el balcón cambiaba la perspectiva, y es que cuando se subía al sexto piso las cosas se veían diferentes.
Ahí descubrió varias cosas que su altura normal (1.72 metros) no le permitía. Vio como uno de los obreros estaba prendiendo un cigarro detrás de una pila de bultos de cemento; vio cómo otro de los trabajadores aventaba basura a un predio vecino que estaba desocupado. Vio también como parte de los escombros invadían uno de los carriles de la avenida en la que estaba la propiedad y podían causar un accidente, lo que les ocasionaría una multa importante. Mientras estaba absorto en su observación, su compadre le dijo:
- Nada de esto lo verías estando allá abajo. Falta la altura, la visión que puedes tener sin los obstáculos propios de nuestra medida. Lo mismo pasa en tu negocio compadre, y en todos. Por eso los dueños, de tiempo en tiempo, deben separarse para ver, desde lejos o desde lo alto, las cosas que regularmente no ven porque la operación cotidiana te tapa.
La operación cotidiana te tapa. Esta era una frase reveladora.
Juan se quedó observando varios minutos, y se dio cuenta como su compadre se comunicaba con su capataz en la obra, a quien le señalaba en una dirección o en otra, para poner a trabajar a la gente, para encontrar a quien se escondía, para tener cuando menos dos visiones complementarias del día a día. Pero Beto le dijo otra cosa:
- No te creas que todo lo vemos aquí. Hay que revisar los planos todos los días, contar el material, hablar con la gente, como yo creo que haces en tu negocio, que todos los días revisas las ventas y las cuentas, y hablas con tus clientes por teléfono. Esta es solamente una torre de vigilancia, pero nada reemplaza a la chamba en el piso, en el almacén.
Juan tragó saliva. No hacía mucho de lo que Beto le decía, ni con la frecuencia que le mencionaba. Pero debía regresar y trabajar en la nueva estrategia de vigilancia y supervisión, pues sabía que muchas veces su negocio estaba navegando a la deriva, porque se había dado cuenta que había quien se encondía, que había áreas que no vigilaba (ya hasta telarañas tenían).
Uffff. A la deriva.
Y en la obra, vio lo peligroso que podía ser dejar la empresa al ritmo de las olas, en lugar de poner motor y timón, es decir, táctica cotidiana y estrategia definida. No sólo accidentes, sino pérdidas de material, gente improductiva, vicios como en todos lados.
Maravillosa la perspectiva desde el balcón -pensó y sonrió.
Iba a implementarla en su empresa, de tiempo en tiempo tomaría distancia (viéndola como cliente, como proveedor, como competidor, o desde una altura distinta de la del piso) para no tener esa ceguera propia del que vive en el taller.
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Fecha de actualización: 16 de octubre de 2026 .



